Ha llegado la hora, después de estar perdido, extraviado de la vida, derrochando mis respiros ante la pantalla de la computadora. Este es el momento en que puedo tomar la negra bolsa que pacientemente me ha esperado al lado del escritorio durante las últimas seis horas.
La tomo con mi mano derecha, esa que en ocasiones pienso que no es mía, la misma que se que duele por tantos años de ser utilizada para manipular un mouse durante todas las horas posibles de todos los días contables, si, esa que alguna vez ha servido para saludarte, pero que en ocasiones miro y me resulta tan familiarmente extraña.
En esa plástica bolsa podrían guardarse tantas cosas: un libro que me evadiera, un arma que acabara con la vida útil de mi monitor, un kilo de cocaína que podría traficar, siete paletas payaso para mi hija, cincuenta cartas de amor escritas pero no entregadas, tres punto catorce dieciséis excusas para no entender nada. Pero no, ahí, solo hay comida, o al menos algo que pretende serlo.
Con la mano tomando firmemente la bolsa (vamos, tu y yo sabemos que eso es mentira, pero por favor, es por todos sabido que en estos tiempos la mayoría de los hombres solo podemos hacer gala de esa dura masculinidad tradicional en la letras, solo podemos ejercer de hombres duros sin riesgo de ser tildados de políticamente incorrectos si lo hacemos en el escondrijo que representan unas líneas perdidas en un texto un tanto confuso). Perdón por la digresión, pero continuemos, con la mano tomando firmemente la bolsa, doy unos pasos que no quieren llegar a ningún lado, que me hacen avanzar pero que si se miran de manera ligera parecieran que me llevan en sentido contrario al tiempo, en sentido repetitivo del tiempo, en sentido contrario del tiempo…
Espero no perderte con eso de mis pasos extraviados, no insistiré en eso, el caso es que estoy aquí, llegando a eso que en esta empresa llaman comedor, abro mi bolsa con la esperanza de que la magia suceda y transforme lo que ahí guardé en mi casa hace siete horas, en lo que sea, quisiera sorprenderme, pero no, ese no es el caso, al menos hoy, aunque tampoco lo fue ayer, ni antier, ni nunca. En mi plástica bolsa negra solo hay dos latas de atún, un birote, una coca cola retornable de 500 ml. y unos tostitos sabor salsa verde.
Con ese contenido debería sentarme en la mesa que hospeda a los empleados solteros, el problema es que ahí no soy bien recibido, todos se han enterado de la alteración de mi estado civil, el cual ha ocurrido sin contrato de por medio, pero el que sea de facto no afecta en su estado de ánimo, los “solteros” me ven como uno de los “otros”.
En la otra mesa están los casados, ellos hablas de otras cosas diferentes a las que tratan los solteros, me da igual, no dejan de ser estupideces, pero qué más da, debo relacionarme, tengo que establecer contacto con alguna persona en el trabajo, no solo con mi monitor, no solo con personas virtuales, así que me siento y les cuento mi deseo porque emergieran de mi la bolsa negra firmemente tomada con mi mano algo sencillo pero sorprendente, algo intenso pero breve, algo contundente pero que se difumine en rápidamente, algo que tengan que contar cuando lleguen a casa, algo que sea ignorado por ser falso a oídos de quien no fue parte de esa cosa que antes llamaban poesía o vida y que hoy ya no tiene nombre por resultar tan extraño o desagradable para la mayoría.
Pero no, no funciona, ya me han advertido que no hable de cosas raras, que eso es cosa de otros tiempos, de otros mundos, lo único que obtuve fue silencio y un cambio de tema, ya no se de que siguieron hablando, no me interesaba, así que saque mis atunes, mi birote, mi coca, mis tostitos, y ahí sucedió, me miraron maravillados, sonrieron, se conmocionaron todos los asistentes a la mesa de los casados, yo solo veía como sus ojos se maravillaban ante lo que salía de mi bolsa, la magia estaba sucediendo.
En este momento ya poco me importa que la magia que ellos vieron se diera por su sorpresa ante el tipo de comida que llevo a la oficina, por ser el único de los “casados” que tiene comida de “soltero”, lo único que me importa es que los hice sorprenderse, que pude comprobar que en sus ojos hay la capacidad de maravillarse, que esta oficina no los ha aniquilado por completo, lo que me importa es que tengo una historia que contar después de las siete cuando llegue a mi casa y le cuente a ella que hoy ejercí de mago que revela secretos profundos ante los hombres que me rodean.