En medio de varios desconocidos que me miran de una manera idéntica a como yo los miro, me descubro participe de una reunión que se da por un motivo que puede ser altamente peligroso, incluso hasta subversivo o que por el contrario puede degenerar en una inagotable fuente de bostezos.
Hemos dicho nuestros nombres, ocupaciones y motivos; afortunadamente tenemos nuestras primeras coincidencias: estamos todos con ganas de algo y dudas de mucho. Una tercera coincidencia que creo percibir es que tenemos de alguna manera extraña, una gran confianza en David que dirige esta reunión, eso sumado a que seguramente cuando veníamos esperábamos encontrarnos con un grupo de personas que de tan distintos a nosotros nos pudiera igualar en la diferencia, al menos así lo parecemos a primera vista.
Siendo cada uno de nosotros el otro del resto del grupo, nos reconocemos en nuestras ganas y preocupación por las letras, así que por sugerencia de David nos movemos hacia la calle, a tratar de convocar a un texto sobre lo que podamos ver en una calle que seguramente mucho hemos caminado, pensado o vivido y que ahora es el motivo para tratar de generar un nuestra primera impresión ante los otros.
Me he sentado sin poder ver demasiado a la avenida Chapultepec y sus personas, no he podido concentrarme en los chicos que quieren adherir adeptos al credo que santifica los derechos humanos, no me resultan atractivos quienes han comprado un libro o toman un café o tienen un concilio amoroso en el camellón, y todo porque la secta de la crónica se ha apoderado de una cuadra de la avenida queriendo robarle a la realidad un pequeño trozo de trascendencia.
Los paseantes ordinarios de esta calle deben darse cuenta de manera inmediata que algo raro pasa en esta, su avenida, ya que cual epidemia de influenza han brotado de manera sorpresiva en un espacio perfectamente definido un grupo de personas que mira decididamente y de inmediato intentan capturar en sus libretas lo que han visto, y lo hacen con tal convicción que debe ser algo tan importante que les haga robarle un tiempo de su día para dedicarse a estar en esa tan extraña actividad.
Tengo que reconocer que porque forma parte de ellos es que puedo saber que hacen, aunque en mi preferencia estaría el situarme del lado de los paseantes, para verlos e imaginar historias absurdas sobre su motivación para en medio de la vida ponerse a escribirla a contarla y no a vivirla.


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