¿Cómo llego ahí? No lo sabe, no quiere pensar en eso, solo entiende que nuca deseo ese destino, no lo hizo porque no lo conocía, incluso ni su imaginación habría alguna vez ideado lugar semejante, simplemente llego.
La luz de neón lo cegó, nunca pensó que un montón de lámparas apiladas en los más diversos puntos de un bodegón pudieran resultar más potentes que el mismo sol. En el techo, a lo largo de las paredes, en unas cajas grandes que emiten mil colores brillantes, en todas las posiciones y todas apuntan directo a él.
Su mente ya no trabajaba muy bien, por lo mismo cuando la luz neón llego a ella a través de sus ojos fue la nota que certificaba la clausura de la posibilidad de pensamiento, la capacidad de reflexionar era algo que ya no podía hacer, el sencillo procesador de su teléfono celular era lo más cercano a la inteligencia que había alrededor de él.
No era el único bajo esa condición, algunos ancianos, muchas mujeres, y una breve pero sustanciosa fauna diletante estaban es su misma circunstancia; el origen de su inactividad cerebral puede que fuera diversa, los ancianos seguramente eran afectados por Alzheimer o alguna rara enfermedad degenerativa producida por el exceso de comida enlatada; la falta de sexo o tal vez enfrentaban una simple renuncia cerebral por aburrimiento; las mujeres que están ahí puede que no tengan muerte cerebral pero la fingen, finalmente a nadie le gusta pensar en su situación, cuando la misma está marcada por la soledad que produce el abandono; tener la cartera llena de tarjetas de crédito ilimitado no sirve cuando quien las paga tiene la atención puesta en alguien más; el resto de descerebrados, cada uno, tiene su propio motivo, diferente, para enfrentar esa condición.
Él esta tan aburrido, tan solo y con tantos motivos como todos los diletantes que comparten su suerte. Tiene su cerebro descendiendo en espiral, parece un camión urbano sin frenos cayendo a toda velocidad por una gran pendiente; su cuerpo añora la caricia de alguien a quien no recuerda pero intuye, de la cual solo sabe que no esta ahí; lo único que sigue constante es la luz de neón, el ruido que hacen las maquinas expendedoras de nada, el cual se suma al lamento que emiten sus compañeros de ocasión, el cual podría se confundido por un murmullo, incluso si se fija la atención en ese susurro se puedo uno confundir y no identificar que va cargado de dolor, de soledad, de un angustia que fue ocupando el lugar de la existencia.
Tiene una tarjeta como todos, mueve su mano siguiendo las instrucciones que alguien o algo debió darle en algún momento, las cuales no conoce ni comprende, pero ejecuta a la perfección; un samurai le dice que ha ganado dos puntos, un panda le roba 27 bonos, por no alinear cinco caballos es que debe volver a apretar un botón gigantesco; no debe apartar la vista de la pantalla, si lo intenta recibirá una descarga de neón, solo le queda aceptar que los caballeros están en su contra, que una torera imposible le va dejando inservible la tarjeta; mientras alguien, seguramente alguno de sus compañeros que ya no recibió financiamiento desde la realidad, se dedica a servirle breves bocadillos de aliento, para que no desfallezca y siga consumiendo sus dotaciones bondadosas de electricidad traducida en nulidad.
Ahora te estas preguntando: ¿Por qué no escapa?; tan mal narrador he sido, no he logrado explicarte que las ideas se han ido de su cuerpo, que por siempre será una víctima del neón, que mientras ella pague las tarjetas él seguirá perdido, podrá mantenerse ahí, esperándonos, esperándote, a que la soledad te haga disfrutar de la nada.


No hay comentarios:
Publicar un comentario