lunes, 7 de enero de 2013

La mano, la bolsa negra, mis días, las dudas.

Ha llegado la hora, después de estar perdido, extraviado de la vida, derrochando mis respiros ante la pantalla de la computadora. Este es el momento en que puedo tomar la negra bolsa que pacientemente me ha esperado al lado del escritorio durante las últimas seis horas. La tomo con mi mano derecha, esa que en ocasiones pienso que no es mía, la misma que se que duele por tantos años de ser utilizada para manipular un mouse durante todas las horas posibles de todos los días contables, si, esa que alguna vez ha servido para saludarte, pero que en ocasiones miro y me resulta tan familiarmente extraña. En esa plástica bolsa podrían guardarse tantas cosas: un libro que me evadiera, un arma que acabara con la vida útil de mi monitor, un kilo de cocaína que podría traficar, siete paletas payaso para mi hija, cincuenta cartas de amor escritas pero no entregadas, tres punto catorce dieciséis excusas para no entender nada. Pero no, ahí, solo hay comida, o al menos algo que pretende serlo. Con la mano tomando firmemente la bolsa (vamos, tu y yo sabemos que eso es mentira, pero por favor, es por todos sabido que en estos tiempos la mayoría de los hombres solo podemos hacer gala de esa dura masculinidad tradicional en la letras, solo podemos ejercer de hombres duros sin riesgo de ser tildados de políticamente incorrectos si lo hacemos en el escondrijo que representan unas líneas perdidas en un texto un tanto confuso). Perdón por la digresión, pero continuemos, con la mano tomando firmemente la bolsa, doy unos pasos que no quieren llegar a ningún lado, que me hacen avanzar pero que si se miran de manera ligera parecieran que me llevan en sentido contrario al tiempo, en sentido repetitivo del tiempo, en sentido contrario del tiempo… Espero no perderte con eso de mis pasos extraviados, no insistiré en eso, el caso es que estoy aquí, llegando a eso que en esta empresa llaman comedor, abro mi bolsa con la esperanza de que la magia suceda y transforme lo que ahí guardé en mi casa hace siete horas, en lo que sea, quisiera sorprenderme, pero no, ese no es el caso, al menos hoy, aunque tampoco lo fue ayer, ni antier, ni nunca. En mi plástica bolsa negra solo hay dos latas de atún, un birote, una coca cola retornable de 500 ml. y unos tostitos sabor salsa verde. Con ese contenido debería sentarme en la mesa que hospeda a los empleados solteros, el problema es que ahí no soy bien recibido, todos se han enterado de la alteración de mi estado civil, el cual ha ocurrido sin contrato de por medio, pero el que sea de facto no afecta en su estado de ánimo, los “solteros” me ven como uno de los “otros”. En la otra mesa están los casados, ellos hablas de otras cosas diferentes a las que tratan los solteros, me da igual, no dejan de ser estupideces, pero qué más da, debo relacionarme, tengo que establecer contacto con alguna persona en el trabajo, no solo con mi monitor, no solo con personas virtuales, así que me siento y les cuento mi deseo porque emergieran de mi la bolsa negra firmemente tomada con mi mano algo sencillo pero sorprendente, algo intenso pero breve, algo contundente pero que se difumine en rápidamente, algo que tengan que contar cuando lleguen a casa, algo que sea ignorado por ser falso a oídos de quien no fue parte de esa cosa que antes llamaban poesía o vida y que hoy ya no tiene nombre por resultar tan extraño o desagradable para la mayoría. Pero no, no funciona, ya me han advertido que no hable de cosas raras, que eso es cosa de otros tiempos, de otros mundos, lo único que obtuve fue silencio y un cambio de tema, ya no se de que siguieron hablando, no me interesaba, así que saque mis atunes, mi birote, mi coca, mis tostitos, y ahí sucedió, me miraron maravillados, sonrieron, se conmocionaron todos los asistentes a la mesa de los casados, yo solo veía como sus ojos se maravillaban ante lo que salía de mi bolsa, la magia estaba sucediendo. En este momento ya poco me importa que la magia que ellos vieron se diera por su sorpresa ante el tipo de comida que llevo a la oficina, por ser el único de los “casados” que tiene comida de “soltero”, lo único que me importa es que los hice sorprenderse, que pude comprobar que en sus ojos hay la capacidad de maravillarse, que esta oficina no los ha aniquilado por completo, lo que me importa es que tengo una historia que contar después de las siete cuando llegue a mi casa y le cuente a ella que hoy ejercí de mago que revela secretos profundos ante los hombres que me rodean.

martes, 16 de febrero de 2010

1. SUEÑO ASPIRACIONAL


Soy un escritor que es repudiado por los seguidores de algún filósofo del desencanto de origen rumano, su desprecio se concreta en que consideran mis textos dignos de ser publicados en Cosmopolitan. Por su parte las lectoras de esa revista sienten una enfermiza fascinación maternal por mis textos, les cautiva eso que ellas llaman tristeza y no es otra cosa que una fingida angustia existencial. La realidad es que mis intelectualizados críticos me envidian porque me suponen saliendo con chicas de portada cosmo, mientras que ellas me idealizan como el gran escritor capaz de revelar algún secreto de la vida. Los dos grupos se equivocan, yo solo me sonrío al pensar en ellos antes de ir a dormir.

lunes, 15 de febrero de 2010

Narrar y describir


Narrar y describir sobre nuestra vida de manera que tengamos una biografía en tono de crónica es la encomienda que nos ha puesto David para esta semana, asunto complicado por mi reticencia a hablar de mí, así que con algunas viñetas veré si puedo lograrlo:

1. El día que nací.
No nacieron todas las flores ni cantaron los ruiseñores ni nada por el estilo, simplemente fue un domingo como todos: de hueva, lo único distintivo es que era uno que tenia un número de la suerte por todos lados, era un día siete, de un mes siete en una década que estuvo como ninguna llena de sietes. Con esa coincidencia seguramente algo extraordinario tenia que haber sucedido, pero no, simplemente mis abuelos maternos se sonrojaron, eso de los domingos siete no era muy de su agrado, aun cuando su hija se hubiera casado con todas las de la ley y dejado pasar justo nueve meses antes de su primogénito, y también fue el inicio de una historia más, de esas que a mi familia le encanta inventar y creer: nací en un hospital al mismo tiempo que otro niño, cuya única característica que hoy recordamos es que era gitano, de ahí que mis papas, hermanos y primos hallan insistido por tanto tiempo en que nos cambiaron de cunero y que yo soy de la familia amorosamente pero que en lo genético tengo mis orígenes allá por Bulgaria o Rumania.

2. El gitano que tuvo que leer
Además de las historia increíbles a mi familia lo que mas le gusta es sentarse ante una gran mesa, que tenga grandes platos de comida, ¿de cual?, de la que sea, queso, fruta, carne, lo que se pueda comer entre todos y durante toda la noche, y lo hacen solo para sentarse a hablar, a reír, y a discutir, todo como una manifestación de una obsesión que nos pinta como unos perfectos integrantes de la clase media: nos queremos distinguir de los demás, pero como no tenemos títulos nobiliarios los sustituimos por una obsesión por los libros, los cuales se coleccionan y amontonan en casa cual si fueran la fuente de la vida y la certeza de que se es diferente. Eso fue tan cierto que yo acabe sintiéndome diferente hasta de ellos, entre la historia de mi origen gitano y esas discusiones inteligibles me fui convenciendo que no, esa no era mi familia, no entendía nada de nada. Así que como me gustaba tanto sentarme a comer a esa mesa, tome la decisión de que no iba a dejar que descubrieran quien era, así que del cajón de mi abuelo materno me robe una lámpara de mano que el atesoraba mucho, plateada y brillante como nunca he visto nada más, y la usaba para levantarme en la noche y sacar algún libro del que hubieran hablado y leerlo debajo de las sabanas con esa luminosa, en mas de un sentido, lámpara, tenia que hacerlo a riesgo de que me mandaran a vivir a una casa rodante y tuviera que dedicarme a leer la mano a los extraños.

3. El cínico.
Sin perder la costumbre de leer casi a obscuras me llego el tiempo de ir a la preparatoria, no por elección, simplemente por que eso hacíamos todos en mi familia, en esa en la que viví toda la infancia, con mis dos hermanos directos, con otros cuatro que tenían la misma carga genética y los mismos apellidos y que sin embargo tenían otros papas. Así un día salí en listas en la una escuela de numerito y procedía a aburrirme como nunca más me ha sucedido, con muchas clases de nada y demasiada gente sin rostro pase algún tiempo batallando por cumplir ese requisito, supongo que por tanto ocio acumulado el resultado natural fue ponerme a hacer cosas sin sentido, y ya sabes que cuando se actúa así lo más probable es que acabe ocurriendo una desgracia, y fue así me dio por empezar a escribir, lo cual debe angustiar a cualquiera, pero de extraña manera emociona a otros, así que empecé a dedicar mas tiempo a escribir, a juntar textos ajenos, a pegarlos por todas las paredes que me encontraba, a distribuirlos de mano en mano, hasta que un buen día alguien me propuso que porque no los ayudaba en una elección estudiantil, que yo conocía a varias personas, otra me conocía y que les ayudara solo un mes y después volviera mis papeles. Cuando consulte a una profesora que se empeñaba todos los días en que terminara la preparatoria para que estudiara Letras, solo atino a responde: “No te metas en la política, eres demasiado cínico, te vas a volver más y te va a ir muy bien ahí”. No era maestra, era bruja.

4. “Como me dices puerco si vamos al mismo chiquero”
Pasó el mes y no me regrese a mis papeles, si bien estos siempre me han acompañado, ya no fueron lo único en que ocupe mi tiempo, de repente me divertí tanto viendo la pasión que despertaba en las personas la política que quise comprender de donde emanaba eso que les daba vida, porque tengo que aceptar que antes veía a esas personas como sombras grises y de repente estaban llenos de vida, así que algo debería de tener eso de la política. En esa búsqueda me he pasado varios años, para descubrir lo que para otros es evidente, que la política es tan humana como los es cualquier otra actividad, con el tiempo es cierto que me volví tan cínico que aprendí a reírme de los que desprecian la política pero también de los que la profesan como religión. La frase con la que nombro a esta viñeta es la mejor enseñanza que he recibido en años, la dijo alguien que no comprendía todo lo que contiene, finalmente solo el contacto con las pasiones humanas nos puede enseñar a ponerles la justa distancia de ellas.

5. ¿Y ahora que?
Simplemente nada, simplemente todo, ahora tengo lo que he querido, me di cuenta de que si soy ese niño gitano que mi familia invento, porque he ido y venido por todos lados, por todas las ideas, por todas las posibilidades, en ese camino lo único constante han sido mis letras, las ajenas también, y quiero seguir viajando, experimentando, encontrando la suerte que los sietes anunciaban y que los días han confirmado. Hoy simplemente escribo estas letras como una parte más de mi todo, sigo leyendo debajo de la sabana, aunque ahora se hacer altos para sentir a quien respira a mi lado, para escuchar sus palabras, para sentir sus sentimientos, hoy tengo que seguir leyendo para seguir siendo parte de lo que quiero ser, pero al final se que debo saber poner un punto y seguido para tener una pausa y mirar a mi cómplice de vida y tocar mis tres estrellas que llevo en el hombro y en la mente.

viernes, 12 de febrero de 2010


La soledad de una oficina es el espacio adecuado para que el tiempo se detenga, para que las manecilla de mi reloj armen un complot junto con el ocho, el dos y el seis que se congelan en el reloj de la computadora, haciendo que todo deje de existir, obligándome a que me de cuenta de mi presencia, a que el pensamiento se dedique a rondar en torno a mi, lo cual se suma a que el cuerpo hace gala de todas sus facultades sensoriales y me recuerda a cada segundo que soy, que siento, que tengo actividad por todo eso que llaman cuerpo.

No existen motivos, razones, o al menos no los puedo recordar, no logro ni siquiera imaginar un motivo para mi presencia en este lugar; se que me levante muy temprano, aun era de noche, sin que sonara una alarma, que hice algunas cosas mecánicamente: bañarme, vestirme, manejar, comer una guayaba gigante, desabrida y llena de semillas que se atoran entre mis dientes tan dañados por la presión a las que los someto por el gusto de apretar la quijada, tengo claro todos esos detalles, pero no encuentro ningún porque.

Quisiera poder entender, no se como hacerlo, recuerdo que llegue hace unas horas y no había nadie, todos los escritorios estaban desiertos, no había ni un teléfono que sonara, todos estaban mudos, tal vez dormidos, tal vez muertos, solo eran silencio, de repente algún cuerpo que murmura alguna frase deambula por delante de mi, supongo que algo hace o dice, yo no logro entenderlo, ni siquiera me interesa, pero ni por accidente logro conectar con alguno de ellos.

Frente a mi tengo lo que sé que es una maquina, sospecho que sirve para algo, lo creo porque mis dedos se mueven apretando pequeños botones, que hacen que algo se mueva en una pantalla que emite una luz que me hace mirarla, puede que sea algo importante, no importa, finalmente eso tampoco lo entiendo, me da lo mismo si en esa pantalla aparecen mas y mas manchas, si surgen pequeñas líneas rojas o verdes, si parpadean, si desaparecen, solo se que ahí están, pero carecen de importancia.

Sin que me preocupe estoy entretenido pensando en si podré irme de aquí en algún momento, he pensado que si, porque ahora creo suponer que en otros momentos he repetido esta rutina, solo lo creo, no puedo asegurarlo; aunque tengo una duda fundamental: como sabré que hay un momento para irme, si no pasa nada, si los relojes se han quedado congelados, si no deja de ser las ocho con veintiséis minutos.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Frase maldita


Amor que no eres mas amor

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El tiempo determina las cosas

El tiempo determina todas las cosas

En un instante es, se mueve una manecilla, ya no existe

El llanto puede ser, la felicidad estallar, empuñar la fuerza que destruya al mundo

Siendo el mismo, puede olvidarse el motivo, abandonar el deseo, mirar para otro lado

Hace un año la muerte seria el unico deseo, desaparecer, no existir

Supongo que la muerte sigue estando, no en mi, transmuto en olvido, solo es desengaño que duele

Seguira el tiempo pasando, inculso estas letras dejaran de ser

martes, 8 de septiembre de 2009

Tercer crónica



CRÓNICA DE LA PÁGINA GRIS

Una oficina de gobierno, un constante devenir de personas que malencaradas reclaman un mal servicio, otro grupo está del lado contrario de la ventanilla, a ellos los llaman servidores públicos, los cuales no están de mal humor, simplemente reflejan en sus caras el hastío de escuchar y hacer una y mil veces lo mismo, siempre las mismas acciones, las mismas quejas, las mismas groserías.

Todos tienen su justificación, unos simplemente hacen lo que pueden, otros pagan sus impuestos, y al final todos terminan odiando a todos, nadie tiene lo que quiere y deben soportarse al menos por unos momentos, por una mañana o tal vez algunos días, después se separan, hasta nuevo aviso, hasta que algo vuelva a fallar y tengan que afrontar un nuevo duelo.

Esta situación no tendría nada de extraordinario, todos lo hemos vivido, la mayoría de un lado, algunos cuantos de los dos, pero sin importar la experiencia en tramites burocráticos que hallamos obtenido, todos estamos en condición de asegurar que siempre es lo mismo, que nunca hay una diferencia.

La anterior afirmación es casi cierta, y digo casi porque solo una gran suerte, una extraña conjunción astral o un misterio sin resolver podrían dejarnos ver que no todo es igual, y digo que es muy extraño, porque el primer síntoma que genera la burocratitis aguda es que disminuye de manera muy grave, la capacidad para distinguir las diferencias.

Solo bastaría que cualquier día asistiéramos a una oficina de gobierno, sin la necesidad de hacer algún tramite, para darnos cuentas de que no solo hay secretarias gordas y con un humor pésimo, no es concurso de belleza pero sin los ojos del ciudadano mal atendido seguro podríamos encontrar mayores virtudes estéticas, o tal vez podríamos darnos cuenta de que no todos los tipos son groseros e inútiles, que incluso alguno hasta amable es; pero insisto, lo mejor de todo es que podríamos darnos cuenta de los pequeños detalles.

Si fuéramos los elegidos para no ver todo en las oficinas de gobierno en escala de grises, podríamos ver como hay diferentes motivos para que cada persona actúe de una manera extraña, por ejemplo, podríamos darnos cuenta de que en uno de los escritorios esta un tipo de aproximadamente 35 años que mira detenidamente a las personas, que intenta extraerles con la mirada algo, algún tema, algún rasgo, algo que los haga diferentes, lo hace con demasiada decisión, casi desesperado, lo hace durante largos momentos, y de repente como producto de una gran explosión de energía se sumerge en la pantalla de una computadora portátil y mueve de manera frenética sus dedos sobre el teclado.

Esto podría hacernos pensar que es una excepción en el diario juego de la nada, que hace su trabajo con una dedicación absoluta, pero no, eso tampoco es cierto, simplemente sufre porque es lunes, faltan unos horas para que tenga que asistir a un taller de crónica al cual se ha inscrito por todas las razones del mundo y por ningún motivo en particular, sufre porque frente a si tiene una hoja en blanco a la cual ha querido derrotar desde el martes pasado, y así durante cada día de la semana.

Lo ha intentado todo, hacer una crónica que pudiera leerse con ese tono pausado, de abuelo afectado de la memoria, de esas que tanto escribieron los santones literarios de nuestro país en el siglo pasado, también ha tratado de hacer un texto que fuera desenfrenado, al estilo de los escritores posmodernos, que escupen palabras cual si fueran producto de un consumo desbordado de anfetaminas, pero no, nada sale.

Si nuestros ojos no fueran los de un ciudadano que se indigna porque en el gobierno nadie hace lo que debe y al salir de quejarse ira corriendo a dar unas monedas a un corrupto porque ha dejado su auto estacionado en doble fila, podríamos darnos cuenta de que este “burócrata” ha intentado todo, cambiar de lugar, escribir a mano, hacerlo por la mañana, en la madrugada, y nada, la pagina sigue en blanco.

Quisiera que estuvieran aquí, que pudieran verlo, como atiende a una persona, luego regresa a su texto inexistente, después redacta un oficio, contesta un memorando, explica que en esta oficina no se pude resolver el problema que plantea un ciudadano, se topa con su pagina en blanco, mira el reloj, se pregunta como van sus compañeros del taller, escribe dos palabras que de inmediato borra, al final nada, nada hay en la pagina.

Son las cuatro de la tarde, el recuento del día es el mismo que se suma a una eternidad de histeria ciudadana, es la hora de partir hacia el taller, de estar listo para presentar una visión colorida en un texto que por partes iguales contenga narración y descripción, pero no, eso no será posible, el texto no ha llegado, el único cambio que se ha dado es que la pagina ha perdido su color original, ahora es de un gris absoluto, al menos ahora puede ostentarse como una pagina burocrática.